domingo, 3 de junio de 2012

Un segundo.

Lunes a las siete de la tarde. Santiago bulle de gente y yo en una micro rumbo a mi casa, parado como muchos que no tienen asiento mientras siento como el bus se mueve con su traqueteo del motor por las calles de la ciudad. No cabe un alma más en el concurrido vehículo, la gente en los asientos mira por la ventana, escucha música o simplemente dormita.
Frenazo. Me afirmo del fierro que parte desde el piso y termina en el techo y en un segundo mi dedo toca tu dedo, tu dedo suave, joven, femenino. Desconozco tu rostro, tu nombre, tu vida; de hecho no te he podido ni ver.En un segundo todo se vuelve colores, un mosaico de pensamientos caleidoscópicos, que arremolinados revolucionan mi cabeza. Un segundo, y ya no estabas. Un segundo y ya no estaba.La calle me recibía con tantos rostros como el tuyo, rostros ausentes, rostros desconocidos, rostros ajenos.

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